miércoles, 13 de marzo de 2013

CRÓNICA SOBRE LA REPRESENTACIÓN DE “BODAS DE SANGRE” EN PEÑARROYA-PUEBLONUEVO, NARRADA POR UNO DE SUS MIEMBROS

(Por Miguel Andrés,
actor y profesor del IES
Florencio Pintado)
El grupo de teatro “La tarima Alto Guadiato” ya es un elemento más de la localidad de Peñarroya-Pueblonuevo, como la estatua del Terrible o el Peñón. Nos juntamos gente de todas las edades, desde alumnado de instituto a personas que ya se han jubilado, somos como una gran familia en la que la matriarca es una magnífica directora llamada MªÁngeles Pozuelo.
    Varias obras han sido puestas en escena por este grupo, desde clásicos como Las Troyanas a comedias simples como Fuera de Quicio. En todas ellas ponemos todo nuestro trabajo y nuestro corazón para lograr que el público disfrute, el aplauso es el único pago que recibimos por esta actividad, pero compensa más que un sueldo.
    Desde el año pasado hemos estado ensayando la obra de Lorca Bodas de sangre, una historia con fuerza que exige un gran montaje y a un número elevadísimo de actores y actrices en escena. En este tiempo hemos sufrido muchos contratiempos porque, al no ser profesionales, hemos tenido que cambiar a los que interpretaban algunos de los papeles importantes porque habían surgido problemas personales (hubo gente que se fue a trabajar fuera o que no pudo seguir ensayando por motivos familiares). A veces las dificultades se resolvieron solas porque hubo gente que, simplemente, apareció por nuestra sede y se metió en el papel.
Todos nos estuvimos esforzando durante meses y por eso todo salió bien.
Cuando llegamos al fin de semana en que íbamos a representarla tuvimos que montar el escenario; fue duro, pero no tanto como esperar a que se abriera el telón. Unos paseábamos repasando con el libreto, otros comían para calmar la ansiedad y no faltaba quien se quitaba y se ponía una prenda de forma compulsiva, para olvidar que el público nos esperaba.
Por fin, el viernes se abrió el telón y la obra comenzó, el novio y su madre discutían porque él quería llevar su navaja encima. Era una escena en la que la tensión aún no había subido al escenario. Poco a poco el público fue descubriendo los entresijos de la historia y empatizando con algunos de los personajes. Entre bambalinas solo se escuchaba una frase: “todo está saliendo bien”.
    La emoción subió al escenario cuando cerca de veinte personas representaron una boda en la que se cantaba y bailaba (debo decir con orgullo que las voces de algunas de nuestras actrices son dignas de un musical de la Gran Vía madrileña). Era una de las escenas más difíciles porque, aunque nuestra directora había dado mil veces las indicaciones, todo tenía que funcionar como un reloj suizo para que el público quedase impresionado.
    Tras los dos descansos -uno amenizado con un típico baile andaluz y otro, por la canción Los cuatro muleros interpretada en directo-, apareció un bosque en escena, con árboles, hojas en el suelo y niebla… el efecto visual hipnotizó al público para guiarle hacia el final de la obra, lleno de emoción y de lágrimas. La materialización de La Luna y de La Muerte, tan propias de Lorca, dejaron a más de uno con la boca abierta. Más tarde aparecieron en escena las más jóvenes del grupo, las adolescentes a las que llamamos, con cariño, “las niñas”. Parecía que llevaban haciendo teatro desde la cuna, estuvieron perfectas. Si La Luna había fascinado con su voz, una de estas “niñas” también llenó el teatro con su canción. Todo era el prólogo para una escena final sobrecogedora.
    Todos acabamos contentos, pero sin saber aún que el “boca a boca” lograría algo que nunca había conseguido el teatro en esta localidad, colgar el cartel de “no hay entradas” tanto el sábado como el domingo. Toda esa gente nos aplaudió, puesta en pie, haciendo que todos muramos por seguir interpretando esta y otras obras, para conmover, hacer reír, hacer llorar… en fin, para lograr que nuestro público se sienta vivo.


(Pincha en la imágenes para ampliar).
 


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